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Statement:
A critical text about the XII Biennial of Havana in 2015. It concentrates in the lack of historical memory of that edition of the Biennial and the banality that it sustained several exhibitions
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Desde La Habana “profunda” hasta el Malecón, desde las fortalezas de la Bahía hasta la periferia de Romerillo y algo más allá, la XII Bienal oficial, colateral, paralela o alternativa, en general expresa el estertor de algo que no sé si se pretenda ser revisado seriamente por todos los involucrados.

Por una parte, padecemos de amnesia histórica. Y eso es preocupante cuando se trata del arte porque, como campo intelectual, debería ser el reservorio de una memoria, una autoconciencia y un conocimiento. Si bien esto es imposible a plenitud, al menos nos toca el deber de saber cuándo estamos haciendo lo ya hecho, muchas veces con mejores resultados precedentes. Y eso sucedió en demasía en esta décimo segunda ocasión. Si el arte pierde esa capacidad se pierde mucho, más en una sociedad adormecida, que ve en el Malecón el sitio del divertimento y el carnaval. Pero este fue un “carnaval” sin catarsis, con un trasvestismo bien controlado, sin la sátira característica, la mofa al poder y a los problemas, sin críticas inteligentes desde el imaginario común de la sociedad y con artistas más decoradores que “antenas sensibles”. Así se concebía culturalmente al carnaval: catarsis, trasvestismo social, sátira, mofa, crítica y antena epocal; ya no se sabe ante qué estamos en esta Habana vestida de visualidad “plástica” a lo Blades.

Sé de la seriedad con que trabajan algunos, incluyendo a productores de los que más abarcaron el espacio mediático –que es el que pasa por la aprobación política en Cuba– y del respaldo que tuvieron para anunciarse con bombos y platillos. Pero eso no los convierte en curadores, ni en promotores de algo que mueva a la reflexión o a la interacción interesante por parte del público. En última instancia el pan para el pueblo está siendo el profit para algunos maestros de escena, para quienes le siguen y los que les han favorecido. Bajo esa Corte rococó volvemos al aplauso de ese monstruo sin cabeza que, “Planchao” en mano, reggaetón de fondo, desaliento ante el futuro, luz corta, de espaldas al prójimo y con pocas opciones citadinas, asume el evento de arte como un entretenimiento; no más allá.

Pero esto se sucedió además en la calle Arsenal del centro habanero, en la Avenida 120 de Playa, en lo que se exportó al Lam del falso MACSAN-LASA y casi por doquier: ofrecer migajas al ser común de un “poder” y estrato social que es el artista, con un masajeo de la mente, en vez de activarla para “mover el piso”, percibir y pensar más allá de las cosas –que no es ver en la miseria y el dolor el centro temático, sino alimentar el espíritu de la sociedad, aunque hoy ignore esa necesidad humana–. Incluso los juegos con los espacios, tal vez algún que otro interés por concebir a sitios de la ciudad como una gran instalación y ambiente totales, repitió fórmulas ya ensayadas durante otras Bienales del país y en otras experiencias artísticas. ¿Donde quedó la experiencia? En una nada para muchos de los comunes. Para algunos de nosotros, que ejercitamos el arte, como un sabor amargo. Tal vez doloroso para quienes fundaron la Bienal en los ochenta.

La XII Bienal de La Habana es uno de los mejores ejemplos de ese doble rostro en que se ha tornado la vida de la nación: diciendo una cosa, haciendo otra y callando las verdades. Pretendiendo la profundidad, pero temiéndole, y por ello dejándolo todo en la superficie para quedar en el adorno, que, con el polvo, elk sol y el salitre se decolora, ensucia y pudre; como pasó.

Muchos agradecemos la presencia de un Gustavo Pérez Monzón en el Museo, o de un Glexis colateral, de una triada como la que ocupó Factoría Habana, algunas de las propuestas del circuito oficial en el Lam o en el CDAV; muestras venidas del Bronx, de la zona nórdica o importantes creadores entremezclados en proyectos colectivos colaterales o ajenos a cualquier programa –programa que irrespetó el esfuerzo y la seriedad de algunos proyectos presentados y exhibidos–. Varias de estas experiencias, dentro o fuera de esta “gran” feria, fueron menos percibidas que el gran circo vigilado en La Cabaña-Morro (ya de por sí con un título usurpado a la alternatividad del arte cubano y retorcido por lo que connotó). Allí pudieron hallarse propuestas de valor que por lógica de espacio y ética no declaro aquí. Pero ante tantas vecindades… llamaron más los mariscos, los alcoholes, la bolsa con T-shirt, catálogo, etc., bajo el sol de Lola y la buena excusa para el “fetecún” que acalla lo real; y bye bye al esfuerzo personal de los artistas (de sus bolsillos principalmente), casi reparadores de las galeras y hasta instaladores de splits –para ostentación y confort de unos sobre otros–.

Incluso el presunto relevo, entre el ISA, la Academia y los que aún estudian, pero pudieron hacerse de un espacio personal o grupal de muestra fuera de esos recintos, ya no es amargo: es desabrido. Porque lo visto generalmente en esos espacios reproducía lógica, pero alarmantemente, el desierto formativo que está viviendo la educación del arte. Y lo poco que pudiera resultar interesante fue casi anulado a cero por esa sensación. Aun con el esfuerzo de algunos en esos enclaves por organizar ideas de interés y espacios de debate teórico-prácticos, padecieron la indiferencia de los mismos participantes y el público cercano.

Al menos la XII Bienal de La Habana, llamémosla así, aunque no lo sea más, indica algo por encima de todo: la necesidad de un cambio en la sociedad y el modelo que vivimos, por lo tanto, en la infraestructura alrededor y dentro del arte como “sistema”, de varios de sus actores institucionales e incluso artistas. Y con esto preservar el estudio sobre lo que es la dinámica artística más seria. O de lo contrario, declarar sin reserva que ya no interesa el arte, sino el negocio que este propicia o un tipo de “arte” específico.

Published in ARTECUBANO News. August of 2015