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Statement:
The text concentrates on the considerations of the author, from his experiences, about the art critic, the role of the critic, the curatorship and the artistic practice.
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Hace unos años me preguntaba por qué había tomado este camino dentro del arte, donde lo sensorial como problemática me resultaba de mayor interés en relación con el empleo de herramientas provenientes de los Medios Emergentes. Entre muchas razones, una resulta importante y está relacionada con parte de la “tradición” del arte cubano contemporáneo, o de lo que tal vez hayamos interpretado como contemporáneo. Y es ese afán por “conceptualizar”, sino todo, buena parte.

Al comenzar joven en este campo, con menos de veinte años de edad, pude percibir los giros de tuerca que fueron moldeando la maquinaria del llamado arte cubano durante la segunda mitad de los ochenta, todos los noventa y hasta el presente. Y sobre esto he escrito en otros textos o voceado en debates, conversaciones, muestras u obras. Pero si me propongo revisar el por qué de mi inclinación hacia estos procesos que han alimentado esta columna, es debido a una aparente y muchas veces errada idea que se tiene, para determinar que el arte cubano contemporáneo es deudor de una herencia “conceptual”. Porque esto, no es del todo cierto.

Por una parte el stablishment oficial cubano ha promovido y persiste en ello, principalmente desde la segunda mitad de los noventa y hasta la actualidad –con ese afán por posicionar a algunos artistas en el mercado de cualquier nivel–, a una línea de obras que se regodean en lo técnico, lo formal, como dije hace unos años: hasta el punto de lo meloso. Ocurre en grandes dosis, aunque de ese saco escapen creadores que respeto, aun con su carácter eminentemente comercial. Acaso todos pertenecen a un modo de percibir el arte como algo que se produce en el atelier, con una base de pensamiento moderna que no participa de otros procesos, que desde los ochenta hasta hoy –e incluso desde antes– , perfila otros caminos de gran interés para el arte.

Por otra, una academización del “hacer conceptual”. Que intenta mirar al criticismo ochentiano y sus derivaciones posteriores para mantener algo de ese reino de las ideas sobre los engalanamientos que provee el juego con lo formal. Este otro polo melló una parte interesante de esa tradición contemporánea. Pues entrenó a promociones en el manejo de algunos aparatos teóricos con ciertas herramientas más experimentales pero cerrándoles el cerco en comentarios contextuales, imposibles de ser percibidos fuera de un circuito específico como es el caso Cuba. Si bien en esta frecuencia podemos encontrar propuestas interesantes, muchas nacen con el pecado original de lo hermético, lo cerrado en sus lecturas, lo demasiado contextual que pierde su sentido fuera de sus fuentes de origen. Pero los casos más tristes son aquellos que esconden un real vacío detrás de la vestidura de “lo conceptual”. Y esto se ha convertido en receta para muchos desde el cierre de los noventa hasta hoy. Lo que hace un tiempo, no sólo a mí, me movió a pensar si realmente procedemos de una base formativa conceptual o la hemos mal aprendido y en el fondo “creamos” desde una nada o algo ya demasiado visto, harto retórico y poco nuevo, que se despoja de los artilugios estetizantes o los devaneos formales pero que tampoco ofrece contenidos de interés, sino muchas veces hasta aburridos. Mucho es resultado de ese copismo de catálogos, por lo que notamos obras parecidas entre sí o que recuerdan referentes internacionales que son consumidos como novedosos cuando son parte de las fabricaciones del mercado y el posicionamiento internacional. Porque una de las grandes faltas del arte cubano en general, ha sido la de no tener un mundo paralelo, una producción alterna (recordemos que casi todo pasa por el mismo filtro) que le permita verse ante un espejo y analizarse a sí mismo –y esta incapacidad de comparación ha creado por momentos más ceguera que avance–.

En medio de todo esto, que puede ser más extenso y aquí es incompleto, cómo percibí el ejercicio crítico que rondaba las prácticas del arte visual, no fue de mi predilección esa noción esgrimida durante parte de los noventa de la presunta restauración del paradigma estético, la vuelta al oficio y la recuperación de la techné. Como alternativa necesaria para desmarcar una producción de la anterior, maldita, satanizada, que no tuvo más diálogo al cierre de los ochenta con la superestructura y provocó una cerrazón y una diáspora; al final esta base diseñada para “los noventa” fue otra estratagema, necesaria pero excesiva en su uso, que embaucó a varios creadores deseosos de montarse en el carro del éxito que gradualmente iba internacionalizando y posicionando en algún nivel al llamado “arte cubano”. Fue para mí un nuevo ejercicio del sentido dictatorial de la crítica de arte y cierto afán de teorización que, más que rastrear y pulsar axiológicamente la producción artística, quiso anteponer esas pautas a la práctica misma. Y esto fue un descalabro en la segunda mitad de los noventa, tanto para artistas como para críticos. Porque no se debió inventar un “saco” donde incluir un tipo de producción y a partir de ese rasero determinar quienes pertenecían o no, quienes merecían o no, ser catapultados como adalides de una producción específica. Y en mucho, eso fue lo que pasó en ese lapso. Al final, las mejores propuestas y sus creadores evolucionaron hacia otros caminos, desmarcándose de ese esquema que creó un fashion, una manera de hacer que daba la espalda a producciones de valor en momentos anteriores y paralelos.

Esa voz crítica, necesitada de resincronizar sus herramientas para penetrar en la producción artística, se modificó y maduró un tanto en sus más serios cultores, y otros se diluyeron en la dinámica de un arte que era mucho más complejo de lo que pudieron percibir.

Fue en ese momento que comencé con más fuerza, cerrando los noventa. Y pude notar a la par la emergencia de nuevos críticos con un mayor respeto por lo diverso, con un ojo un tanto más aguzado y también descreídos de los supuestos postulados esgrimidos para crear el paquete de aquellos noventa. No obstante, al cierre del milenio no podía determinarse una brújula precisa que “marcara” por dónde iba el arte. En lo personal me causaba placer cruzar pensamientos con algunos críticos que también sintieron la necesidad de democratizar el discurso y percibir que la práctica del arte era más procesual, interdisciplinaria, menos individualizada, que recuperaba un tanto del espíritu de colaboración y empleaba otras herramientas expresivas que hasta hoy, en gran medida, han constituido a los Medios Emergentes.

Pero en paralelo se mantenía otro camino de la crítica. Y es el de entenderla como una traductora y descriptora del hecho artístico. Esa especie de insulto a la inteligencia es algo que proviene del ejercicio más “periodístico”, pero ha calado en la manera de hacer de algunos, establecidos desde esa fórmula que se realiza disfrazada con un traje teorético y citatorio, pero que son en esencia meros comentaristas de algo que no ha de ser descrito. El arte en general posee una complejidad como proceso y hecho, desde una individualidad o un conjunto de creadores que parten de claves a veces tan inescrutables, que la crítica siempre corre el riesgo de quedarse a la saga si se propone de esa manera.

Al cierre de la primera década del XXI, aparentemente de súbito, emerge una voz que se propuso crear un nuevo paquete artístico con claras intenciones de posicionamiento comercial. Esta vez, principalmente, desde la pintura. Y si bien me he caracterizado como crítico por ahondar en obras donde se concilian investigación, experimento, herramientas no ortodoxas y permanencia de un interés crítico, me dediqué por momentos a hacer notar, incluso escribiendo sobre pintura, cómo nos hallábamos ante una nueva impostura, sagaz y perspicaz, sí; pero cínica, mercenaria y metalizada. Fue casi el clímax de un nuevo rostro de la crítica: “pagas, entonces escribo”. Casi me retiro, y tras un impase regresé, combinando crítica con creación; entendiendo la curaduría, la teoría y la producción multidisciplinaria como algo indivisible.

Algunos pocos creíamos en la seriedad de la disciplina de la crítica, pero sobre todo en su eticidad. Y aunque es una profesión a contrapelo del factor financiero, intentamos mantenerla al margen de cierta especie de prostitución del juicio. Para pesar de nuestras vidas diarias, pero para bien de los sentidos que la crítica misma ha de mantener en su diálogo con el arte.
Hoy muchos saben más de cuánto daño pudo llegar a causar esa voz tenaz pero emponzoñada por lo oneroso e imprecisa en cuanto a la construcción del arte como un valor cultural. Para mí es desdeñable esa crítica que usa al arte para legitimarse ella misma y tras esto, dejar atrás al artista como si de un lastre se tratase. Sin embargo, el daño ha quedado. Ha quedado en el plano de un ejercicio crítico que ha aprendido a hacer lobby, que no logra del todo distinguir entre lo cosmético de mucho de lo que vemos como arte y de lo que parte de una seriedad, casi sacrificial, por expresarnos.

Sin embargo, y por eso planteaba que era aparentemente de súbito, ese tono crítico llegó a ser hasta aplaudido y apoyado institucionalmente, intentando acallar voces anteriores de gran seriedad –que agradezco continúen entre nosotros y provean más herramientas teóricas– y otras menos metalizadas que apuestan hasta hoy por la multiplicidad expresiva, en una época marcada por la transgresión del marco cerrado del arte y a favor de un arte activista; que no le teme al mercado pero no es concebido para ser comercial; que percibe desde lo alternativo los complejos campos culturales que se conectan con el artístico y revisan cuán “conceptuales” somos realmente en una época que, desde hace casi veinte años, nos está espetando que existen otras vías para reflexionar y crear el arte.
Máxime hoy, que ese otro “saco” que llamáramos “arte cubano” se encuentra en un real proceso de revisión crítica e integración en diversos niveles y contextos que trascienden el sentido identitario nacional, para bien de una universalización del lenguaje en el cual el ser humano se harta de lo fronterizo, lo delimitado bajo una vieja y extinta idea moderna; a favor de una crítica de lo inter y lo trans que puedan hasta diluir al llamado arte en una actividad más “productiva” en la sociedad contemporánea.


[cover image] frency. Untitled drawing. 2015.

frency. La Habana, marzo de 2015.
Published in ARTECUBANO News