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Resumen:
Aborda, desde el criterio del autor, los problemas de la Bienal de La Habana, principalmente en su edición de 2015, en relación con una falta de seriedad en su organización, sus problemas curatoriales y de diferente índole que está padeciendo el campo del arte en Cuba.
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Tras la X Bienal de La Habana publiqué “Del Rococó al Agromercado”  y su esencia no ha cambiado; a seis años de su salida y de haber circulado entre varios especialistas del Lam y del CNAP. “Del Rococó…” mostró mi preocupación por algunos de los desaciertos teórico-prácticos de la única Bienal que se celebra cada tres años, que nos visibiliza ante nuestra sociedad y hacia el plano internacional que nos tome en cuenta; y eso deja una huella cultural. Pero en el 2015 resulta más preocupante, porque es como seguir errando; y cuando el error se repite más de tres veces –2006, 2009, 2012 y 2015–, no es un error: es un patrón.

Muchos han seguido pensando la Bienal como un posible portal a las supuestas “anunciaciones” en el inside cubano y desde la brújula norteña. Y casi todos, de algún modo, afilando los dientes, preparando la mesa para colmarla tras algún negocio “bienalero”.

En medio de otras coyunturas, cierta traba en la búsqueda de soporte financiero para su producción, precariedad de los espacios y de casi toda su infraestructura, incapacidades internas de la organización, desconocimiento casi total de cómo lidiar con la ineficaz burocracia que todo lo colma, restricciones con instituciones extranjeras patrocinadoras, limitaciones aduanales, exceso de politización, etc. Todo ello ha dado al traste con un evento convertido más en una feria de arte que en una “Bienal”, que detrás de cualquier esfuerzo curatorial se jacta con la presencia de “dinosaurios” internacionales del arte que en nada enriquecen la esencia del evento, son sólo medallas en el pecho con las glorias pasadas.

La XII feria de arte que fue esta emisión, hizo más explícito ese casi desagradable cabildeo o lobby de artistas con dealers de arte, curadores, críticos o galeristas, en una suerte de pasarela que muestra una de las paradojas del arte: que para muchos ha pasado de ser un medio de liberación espiritual y producción profesional, lo que incluye el sustrato económico, claro está; para convertirse en una competencia mercantil regida por una ferocidad digna de cualquier jauría hambrienta, donde se evidencian falacias y poses –no posturas–, engaños bajo el nombre de un arte entrecomillado, alarde de status social y económico –este proceso ha venido in crescendo, estableciendo una diferenciación clasista dentro del mismo campo artístico, con las sonrisas y pasadas de manos sobre el hombro de algunos y la mirada desdeñosa o las frases demagógicas, falsamente prometedoras, hacia muchos artistas considerados “de relleno”–, pocas conexiones con proyectos de envergadura cultural y casi nada de compra por Museos y coleccionistas. Porque la Bienal colapsó tras un proceso de crisis que evolucionaba desde su edición en 1997 y que fue más evidente en 2009.

La XII Bienal agoniza en medio del chasco económico y el reparto de dominios en la nomenclatura del Poder de una isla que “parece que se mueve” en su inmovilidad. Y en ese “movimiento” se pretendió extendida hacia espacios urbanos con un tema que es un mero juego retórico del lenguaje (entre la idea y la experiencia), porque en el fondo es casi lo mismo que se viene haciendo desde hace tres bienales pero con diferentes “nombres”: un populismo y un carnaval sin afeites, la cosmetización o aligeramiento de los “significados”, aparente arte de cambio que nada transforma, propuestas correctamente políticas o resultado de compromisos ya establecidos, mas no por sus riquezas artísticas en muchos casos. Su proceso interno opera invitando artistas específicos, a la vez, reciben alguna que otra propuesta fuera de sus invitados; pero no está demostrando conocimiento sobre creadores medulares según el tema que proponen (o está expresando un secretismo que reviste otros estados de intereses personales, pero no curatoriales serios). Lo que cercena desde antes la posibilidad de contar con artistas y curadores, cubanos o extranjeros, que se hayan en activo en este siglo XXI, experimentando con tópicos, herramientas y procesos como los que la Bienal supuso y con un reconocimiento internacional por ello.

En los exiguos espacios sedes mucho pasó con más penas que glorias. Porque las muestras colaterales colmaron casi todo debido a otra operación sin pensamiento curatorial alguno, con el “vengan todos” para la mayor exposición de arte cubano jamás hecha con menor calidad. Todo pensado para “posicionar” a los artistas cubanos con más rimbombancia y circo que los del núcleo central de la Bienal.

Varias obras oficiales del evento, algunas de ellas tal vez humildes, pero más interesantes que el aspaviento vacío de otras, no “funcionaron” todo el tiempo bajo el pretexto de los problemas técnicos –cuando se trataba de obras programadas o multimediales– o de la ausencia de coordinación y cuidado de las mismas por parte de especialistas, curadores y artistas; en medio de un destrozo informativo, organizativo y en general cualitativo. Por lo demás, se evitó bastante el cuestionamiento y lo que oliera a incómodamente político, aunque algunas propuestas lo tuvieran de base. Al parecer porque el manto protector de lo que inquiere desde el arte ha sido filtrado hasta la médula.

Ya la coyuntura “lanzadera” que fuera antes la Bienal, sobre todo del arte cubano, murió como la flor: sin agua nutriente. Hace rato que el arte cubano dejó de ser un boom. Y otros contextos han seguido adelante mientras Cuba reproduce su descalabro; tal vez hoy más llamativa por las circunstancias que marcan al contexto geopolíticamente, que en lo artístico y cultural.

Estos análisis requerirían más espacio que el de esta columna, por lo que me propondré, al menos, otra entrega sobre el tema. Mas sí es lapidario el hecho de que la Bienal de La Habana puede que haya muerto, o como planteara hace seis años, se haya transformado en ese ferial “… Agromercado”, ante los ojos curiosos por ver qué le depara a nuestro espacio, con conceptos trazados como “ejes” temáticos que se ahogan en su propia tinta.

frency. La Habana, julio de 2015.
Publicado en Noticias ARTECUBANO