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Resumen:
Constituye la segunda parte de una crítica a la estética generada por el Reggaetón y a los posibles problemas que reproduce este fenómeno en el orden social, espiritual, ético y creativo.
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Bajo ese sol que altera la vista, o en la noche de nuestras calles apagadas, caminan con falsos brillantes, plásticos plateados, centelleos de lentejuelas y ficticios charoles. Entre gorras y hebillas el símbolo del dólar, D&G o similares, mezclados abruptamente con remaches de pirámide o cónicos.

Igualmente el pelo, desde el retro tupé o copete, otros con el bisté encartonado –como con hiel de vaca–, hasta el mohican o cherokee planchado y tal vez queratinado; con las cejas depiladas, las patillas bien afeitadas, piercings mayormente dorados y algún que otro maquillaje –no importa el género, ya mucho se ha fundido–. Los jeans son la rocambolesca mezcla del rockn´roller por las piernas, y hacia la cadera parecen del prostituto que muestra su underwear boxer Boss o su copia, hasta las nalgas, como invitando a entrar o patear.

No ha de faltar el tatuaje con el nombre de alguien entre rosas coloridas –algo muy “macho” para esos músculos–, con la tinta corrida y el dibujo burdo. Algunos más “originales” traducen sus nombres, latinos o inventados, a ideogramas orientales, por lo que tal vez signifiquen nada.

Ellas visten similar, sobre tacones con los que no pueden caminar aunque siempre anden en guagua –he escuchado que los usan como armas en los “bonches” –. En todos y todas, luce más lo que visten que ellos mismos: son un ejército rutilante de artificios y atrezos. No hay cuero, seda o lino; es mezclilla, algodón, vinilo y plástico con impresiones acrílicas de águilas, dragones, leones y sus ídolos igualmente vestidos y arreglados. No falta el ejército de gafas a cualquier hora, según sea la moda pasajera que sus cantantes ofrezcan.

Seguir describiendo la estética del reggaeton sería largo. Mas esto sirve para ilustrar un fenómeno al parecer imparable que tiene como estilo el “no estilo”. Porque todo es apropiación de otras expresiones que nada tienen que ver con este fenómeno. Resulta una ambigua mezcla de elementos tomados de los punkies y los heavy metals (ninguno tiene que ver con el reggaeton), junto a un gusto latino que malamente copia iconos del videoclip y la publicidad de lencería –con este fenómeno tipo ejército se incrementa algo que viene dándose hace años, pues recuerdo cuando Madonna lanzó su hit “Vogue” en los noventa con un corsé a lo Frida-Man Ray, pensado para el show, no para vestirlo como prenda pública, y las cubanas lo imitaron ignorando la razón real y “lucieron” en las calles–.

Serían muchos ejemplos que nos conducen a pensar cómo vivimos cada vez más en una sociedad donde lo epidérmico o lo cosmético ganan terreno. Y con esa expansión de lo flat y lo light, donde no se piensa sobre cómo somos y expresamos, lo fácil que puede resultar la manipulación de varios segmentos sociales. Porque tras esa superficie se haya en gran medida un pensamiento desprovisto de motivaciones por generar algo más profundo. Y ante esa incapacidad, la reducción del ámbito sensorial, proporcional a la reducción de la capacidad de una parte importante de la sociedad para interactuar con expresiones que muevan a la reflexión intelectual y emotiva.

El tema es más preocupante y afecta en muchos niveles. Pues es parte de lo que se promueve mediáticamente. Es símbolo social de poder económico y vida sin problemas, del business y el goce. Del descalabro formativo que ha dado al traste con los niveles de instrucción antes existentes. Por lo que disminuye la posibilidad de formar un ser social pensante y sensible en diversos ámbitos. Es parte de lo que por transitividad genera una “expresión estética” que se reproduce en el país con su música, comportamiento social y “valores” incluidos. Va conformando un espejo donde se refleja gran parte de lo que vivimos y por ello modela “identidades” estandarizadas, moldeables, miméticas.

En última instancia es, junto con otras expresiones en la sociedad –como los llamados “pijos”, la ostentación de los nuevos ricos, el descompromiso de muchos de ellos por nuestra circunstancia y el cansancio o desgaste de otros–, uno de los tiros de gracia a la capacidad del sentir con el pensar. Porque ante la falta de autenticidad, uno de los grandes problemas de la contemporaneidad en general, se corre el riesgo de perder la capacidad de interconectar lo que sucede y percibir más allá de lo que la realidad representa; en detrimento de nuestra expresión creativa.


[imagen cover] Javier Castro. Yo no le tengo miedo a la eternidad.. 06 s. Color. Stereo. NTSC. MiniDV transferido a DVD, 2006.

frency. La Habana, marzo-abril de 2016.
Publicado en Noticias ARTECUBANO