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Resumen:
Constituye un homenaje del autor al fallecido cantante Chris Cornell. En el texto se aborda el poder intersensorial de la expresión de este músico y sus relaciones con el campo visual.
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En enero de 2016 se fue el “hombre lagarto” de la cultura británica y me propuse un simple homenaje a su significación. En abril de ese año otro camaleón, TAFKAP –o Prince y su ideograma ambivalente– partió “funkymente” a envolverse con su lluvia púrpura. Luego el poeta Cohen regresó a su “Tower of Song” después de haber ido y venido, como Bowie y otros, de sus abismos a sus edenes. No son pérdidas comunes, porque motivaron, desde sus tantas imperfecciones, que no sólo nos pensáramos como seres sino que sintiéramos de otros modos; más allá de lo que supone la música.

Entre estos, ahora está Cornell con casi cincuenta y tres años de vida. El jardín del sonido y el arte todo padece con ello porque, como los que antes mencioné, fueron creadores que trascendieron su mera condición musical para convertirse en antenas de sus épocas.

Similar a lo que me sucede con Bowie, o con Thom Yorke o Trent Reznor, la obra de Chris Cornell me acompaña. Muchos de mis textos, exposiciones, materiales multimedia, diseños, ideas o títulos, están marcados por sus ideas y música; esa amiga que tengo incluso en mis silencios . Mas no sólo para mí; la acritud y lo arcano que nos deja Cornell forman parte de un espíritu agridulce patente desde los sesenta del siglo XX y que volvió más descarnadamente en los noventa, en gran medida por artistas como él: disensores de la realidad que les tocó vivir y por la que vomitaron repetidas veces el asco de sus sociedades con la idea de cultivar otros niveles de lo sublime.

Tanto con Soundgarden como en solitario u otros proyectos –y con el primero un completo homenaje a las artes visuales desde la misma inspiración que dio nombre a la banda: una instalación sonora propiedad de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) emplazada en el parque Magnuson de Seattle–, Chris continuó una tradición expresiva y poética donde las imágenes son medulares. Incluso en sus propuestas más narrativas reina lo simbólico visual para hablar del desmán y la bondad del ser humano con un perenne interés por conducirnos a visualizaciones donde el misterio es ostensible –hasta llegar a sus conversiones de carácter místico que aumentaron al final de su vida– ; lo que acusa ese interés por lo intersensorial en los artistas más interesantes que han alimentado nuestra cultura.

Desde el Romanticismo de fines del siglo XVIII se subvirtió el dominio de la estética con la idea de que el ser humano podía y debía expresar también la fealdad y lo abyecto. Y que en esas obscuridades también se encontraba de forma imperfecta lo bello. Esa destronación de la estética ha alimentado hasta el presente a muchas de las prácticas artísticas más revolucionarias, innovadoras en los lenguajes y las ideas, removedoras del piso acomodaticio, por cuanto difiere de lo estatuido y expresa la disconformidad transformadora –sin dar la espalda a lo que nos edifique o haga mejores como seres–. Tal espíritu inconforme ha sido la inyección de mucha divergencia poética y simbólica del siglo XX y esta parte del XXI.

Con Cornell se fue el hombre que intentaba, como él mismo decía, “… pensar el dolor como un grito” desgarrador y el susurro perturbador de una época, no sólo del Grunge; sino de ese viso político y activista de lo romántico que aún pervive dentro del sano nihilismo y cierta utopía renovada en los proyectos artísticos y sociales de carácter alternativo al Poder.
Pero sobre todo se perdió una de esas curiosas posibilidades de interrelacionar lo que se quiere enunciar con el modo en que se quiere expresar para no sólo pensar lo creado sino, como insisto, sentir, con el caso de Chris Cornell, de modo estremecedor.


[imagen cover] Chris Cornell. Músico y cantante de Soundgarden y Audioslave.

frency. La Habana, mayo de 2017.
Publicado en Noticias ARTECUBANO