A-veces resulta molesto encontrar acomodo para ciertas prácticas de vida como, por ejemplo, tener que dormir sobre una sábana de poliéster en la cama de un hotel, cuando en la mayoría de los casos cualquiera preferiría, literalmente con los ojos cerrados, echarla sobre una sabanita de algodón de esas bien domésticas y gastaditas. Tal vez sea este el caso de Llópiz, quien ha escogido para su exhibición un espacio que le sobra conocido: la sala-comedor del apartamento que, a-veces, junto a Solveigt Font, convierten en espacio de arte para los amigos y diletantes en general de la audiovisualidad contemporánea.

A-veces (AVECEZ, por razones técnicas y de estilo), concilia encuentros nada rutinarios ni predecibles, propiciando una digestión más eficiente, digamos que frugal y fortuita a escala microsocial, de experimentos estéticos de línea “dura”. Whithout skull (sin cráneo), que no tengo la menor idea de si en inglés tiene igual significación literal y contextual que en el español hablado en Cuba, donde semejante propuesta idiomática deja en claro cualquier falta de compromiso de una o ambas partes en una conversación o trifulca, es un buen ejemplo de lo que digo. Apenas unas pocas piezas consiguen, de modo mínimal y gran limpieza factual, enterarnos de asuntos muy diversos y ciertamente crípticos.

Afeitar y perforar, es una obra de pequeño formato con una carga simbólica muy sutil: Sobre una superficie de vinil, de esas que se emplean para tapizar muebles, físicamente vulnerable a cualquier objeto cortante, el autor ha estampado con pintura, a modo de “decorado”, una hoja de afeitar y la de una tira de reemplazo que emplean los caladores convencionales. En esta dualidad, que de alguna manera evoca lo cotidiano en la higiene del rasurado y su contraparte de lo profesional-funcional, hay un discreto “ay” de temor ante la amenaza de las figuraciones, tan solo esbozado con una representación meramente formal de aquello que realmente pudiera propiciar un corte.

Con el mismo tratamiento de factura, empleando el vinil tensado como un lienzo, al mejor estilo renacentista, reaparece esta modalidad de soporte en un breve políptico de la serie Espacios de trabajo. No puede uno sustraerse del antojo referencial que provoca este material, en abierta alusión al cuero, a la piel, recompuesta como superficie destinada a la creación, quizás, artificialmente, como evocación cultural de las síntesis epidérmicas que nos llevan a otra evolución (¿postbiológica?). De ahí que ciertos parches polícromos (injertos interculturales), nos remitan a una zona de trabajo altamente sensorial, que no excluyen la eventual aparición de un tornillo, ni la proximidad de una tela de algodón negra con una rosa taxidermiada.

Otra parcela creativa que Llópiz ha explorado desde hace unos años, aparece retomada en esta vista. Se trata de la exhibición de soportes digitales, rápidamente caducados por los progresos en este terreno, que alguna vez contuvieron información de valía intelectual para el artista. Haciendo una lectura curatorial, semejantes cadáveres guardan estrecha relación con la rosa seca de Espacios de trabajo. En la nómina también hay videos mostrados, con la misma discreción museográfica, en una laptop. Creo que estos últimos son los que, sin cráneo, aplacarían cualquier desconcierto de descodificación en los espectadores; y también porque, a las diez de últimas, pudiéramos interpretar el anglicismo, whithout skull, como la invitación a un lúdico fenómeno plástico, explícitamente contemplativo.


Por: Amilkar Feria Flores

Observatorio Entrópico de Palatino / 27 de junio de 2019, 10:00pm